Babel, Borges, birthday…
Nací a mediados del mes de junio, en 1981. Cinco años más tarde, un día 14 del mismo mes, moría en Ginebra Jorge Luís Borges. En mi imaginación, la cercanía de estas fechas me ha servido como un pretexto forzoso para relacionarme con uno de los escritores universales que más admiro y disfruto desde mi adolescencia. Sus textos me enseñaron a gozar de la lectura, de hacerla mi forma de felicidad, aquella misma manera en la que él solía definir a este hábito.
No es una exageración afirmar que Borges fue mi mejor maestro de literatura. En sus cortos textos compartió conmigo más sentencias memorables y con sus citas me condujo a más geniales escritores de las que lograron todos los profesores que tuve en secundaria; esta comparación no busca empequeñecer el agradecimiento y el respeto que siempre tendré por ellos y por su trabajo, más bien intenta bosquejar la facilidad con el que este autor supo enraizar en mí la seducción que las letras despertaban en su propio ser. Es mi impresión personal que Borges disfrutaba más de la lectura que de la escritura y que la segunda le servía sobre todo para desahogarse de la carga emotiva e intelectual que la primera le producía. Obviamente, puedo estar totalmente equivocado.
En sus poemas me enseñó la obstinada búsqueda de la perfección del idioma, la relatividad física de la corrección y la propiedad, la belleza literaria que reúne raciocinio y sensibilidad en la misma expresión. Aunque a muchas personas les parece demasiado cerebral y complejo, son precisamente esas cualidades las que me invitaban no sin cierto orgullo a releer sus versos y tratar de disfrutar, como J. R. Jiménez, el nombre exacto de las cosas.
A Borges debo también esa idea utópica de conocer a cada autor en su lengua materna. Hoy volvió a mi memoria el hecho de que esa decisión la tomé a partir de una reflexión suya sobre el Ulises de Joyce. Todavía no he alcanzado este cometido, y aún me debo disculpar de la torpeza en la elección del medio para llevarlo a cabo: mezclar buena literatura con algo llamado «intercambios internacionales», pero me pareció irónico saber que el literato irlandés, precisamente a través de esta obra a la que muchos le conceden ser la iniciadora de la novela moderna, sí tiene una vinculación real con mi fecha de nacimiento y que gracias a esto sus seguidores celebran en la actualidad el Bloomsday.
No termino aún de comprender el motivo pero me parece que el vacante rol del abuelo distante, sabio y respetado de mi infancia no es el que más le agradaría al autor argentino. En estos años y con experiencias lejanas a la ficción literaria he logrado «humanizar» esta imagen suya. Además de genio y políglota, lo entiendo aristócrata, tímido y conservador. Su ceguera y personalidad le permitieron concentrar toda su imaginación y conocimiento hacia la creación artística, pero le impidieron ver al mundo más allá de esos límites autoimpuestos. Debo confesar que sentí una honda decepción al ver unas fotografías suyas junto a Pinochet. Ahora, sin embargo, alcanzo a reconocer tantas características que nos diferencian, y confirmo tantas otras, en las que quisiera ser algo más como él, hasta llegar a la facilidad para la ironía sobre uno mismo.
Anoche terminé de leer una recopilación de los prólogos que Borges compuso para una colección italiana de relatos fantásticos que se llamó «La bibliotéca de Babel», el mismo título que uno de los cuentos de Ficciones. Recuerdo el vértigo que ese texto me producía, el encierro entre vacíos infinitos y escaleras sin fin, la claustrofobia de sentirme atrapado en un espacio abierto pero repetitivo. Emociones poco usuales cuando se habla de gozo, de disfrute, pero refrescantes en una época de inmediatismo en el placer y felicidad desechable.
Por vos y por la Maga, me uno al montón…
Con cierto descaro (¿real?), me robo unos minutos de Internet en el trabajo para escribir. Acabamos febrero y he leído algunos artículos conmemorativos de los 25 años de la muerte de Cortázar.
Pues sí, voy a hablar de Cortázar aún cuando no dije nada sobre el bueno de Octavio, siendo él quien dió nombre a esta bitácora… (Je dois le faire!).
Cortázar ha sido dos textos en mi vida. Hasta hoy por supuesto. La isla a medio día y otros relatos, que lo encontré en la biblioteca de mi casa hace más de una década (no dejo de sorprenderme ahora, que puedo hablar en esos períodos de tiempo). Que luego desapareció, sin explicarme cómo (además de mi hermana, ¿quién más cacha el valor de esas letras?) y que me dejó dos recuerdos: la forma de tortuga de la isla, visible desde el avión y la tapa naranja con crema de la portada, letras negras y logotipo de SALVAT.
Hace un par de años. Uno de los mejores regalos fue la mítica Rayuela.Carga emocional, intelectual, afectiva. Este hecho ocasionó al menos un mes de retraso en la entrega de mi tesis, además de que permitió no sentirme absolutamente sólo entre los 15 millones de habitantes de Nueva Delhi durante los pocos días que anduve por allá.
Rayé el libro con un gusto infantil. Reflejándome, como es obvio, con las ínfulas intelectuales y críticas de mediados del XX. Recordando que, una de las razones más tontas pero profundas para seguir la carrera en la universidad, fue poder llegar a la literatura en su lengua madre, en la que fue escrita, aún por un argentino francófono (mejor leer «incluso», en lugar de «aún»).
Ayer, el buen poeta Iván Oñate, reflexionaba en El Comercio, acerca de lo que significaba rayuela en su vida. La verdad, me dio envidia, porque también disfruto esta novela intensamente, no sé si tanto como él, pero obviamente, sabe explicar esa intensidad mucho mejor que yo. (Pues bueno, escribe trabajando en lugar de no trabajar por escribir).
Y entonces me quería sumar a los homenajes, montones, buenos, aburridos, cercanos y desconocidos. Por vos, Cortázar, por la Maga y por la cuenta pendiente que tengo en seguir dando vueltas por tus letras…